Opinión

Todas o ninguna

Por: Pedro P. Yermenos Forastieri

Cuánta falsía y simulación en el debate suscitado a propósito del argumento de inconstitucionalidad sobre la obligatoriedad de la lectura de la biblia en las escuelas. Son muy pocos los que dicen lo que realmente sienten, porque continúan siendo esclavos de la censura mediática de sectores a los cuales suponen frisados en la intolerante y avasallante determinación del pasado.

Equivocados, no se percatan de que el mundo gira por otros senderos y cada vez pierden más terreno aquellos que se aferran a fórmulas que han caducado en la medida que las caretas que ocultaban la doble moral se han ido develando.

No es tiempo de autoritarismos ni imposición forzosa de adoctrinamientos. La gente ha madurado y exige espacios para el ejercicio de su libertad y, de esa forma, en base a su propio discernimiento, arribar a las conclusiones que su razón le indica.

Me encantaría que mis hijos y los de todos los padres estudien la Biblia en sus escuelas
En la era del conocimiento, aun con la paradoja de que es cuando menos se refleja lo que han estudiado las personas, obligar los jóvenes a leer solo un texto religioso, irradia un rancio olor propio de comestiblesa los que hace siglos les prescribió su período de vigencia para ser consumidos sin riesgos.

Claro que me encantaría que mis hijos y los de todos los padres estudien la Biblia en sus escuelas, siempre que lo hicieran como parte de una asignatura que enseñe la historia de las religiones, de todas, su influencia positiva y negativa en el devenir de decisivos episodios de la humanidad. Eso sería un ejercicio cultural de inestimable valor al que pocos se opondrían.

Un Estado no confesional, como se supone el nuestro, está compelido a respetar a todos sus integrantes en sus convicciones de naturaleza religiosa, incluyendo a aquellos que no profesen ninguna, e incluso a quienes nieguen la existencia de cualquier divinidad. Los estadistas deben actuar en representación del total de sus gobernados, no de una parte de él por mayoritaria que pueda ser.

Lo que ocurre es que se actúa pura conveniencia politiquera, como si fuéramos incapaces de comprender algo que se nos explique con sentido lógico. El mundo no se va a acabar si en la toma de posesión los presidentes dejan de acudir a la Catedral a un culto católico, como tampoco si se excluyera de nuestro escudo la palabra Dios. Al contrario, seríamos más coherentes con los valores de una auténtica democracia.

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