Opinión

¡Reduciéndolo hasta el final!

Por: Guido Gómez Mazara

Como el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) ha tenido de gestor institucional en la última década al principal exponente de su reducción electoral que, imposibilitado de articular niveles de respetabilidad ciudadana, decidió hacer un partido chiquito para grandes negocios, lo políticamente correcto consistía en inhabilitar la marca partido en el sentido de impedir futuras operaciones financieras con sus siglas. En esencia, lo útil para el poder se circunscribe al uso inmisericorde de una organización con una raíz histórica de especial connotación en la vida democrática, reducida hoy a toda clase de piruetas del oficialismo y sin ninguna vinculación al debate de las ideas que se desarrolla en la sociedad.

En la medida que el PLD protege a Vargas Maldonado interviniendo directamente en el Tribunal Superior Electoral, transformando el orden de las boletas en la Junta Central Electoral y desarrollando una brutal campaña en el Tribunal Constitucional (TC) para conseguir decisiones simpáticas, se establecen las bases de un muro llamado a garantizar su respiro legal. Ahora bien, la administración de las siglas es el refugio final que lo factual pretende darle a un innegable proceso de deterioro en la credibilidad ciudadana, inteligentemente interpretado por una amplísima franja que sabe de lo necesario del castigo en las urnas como respuesta a todo un tinglado de vagabunderías y complicidades orquestadas por un operador político que ejerce la presidencia del país.

No es el PRD que se disolvió en la estima de los electores, sino que los militantes encontraron una modalidad inteligente de expresar su odio contra Miguel Vargas Maldonado, abandonando la organización. Por eso, la estructuración de un plan, poco entendido en principio y aceptado con el paso del tiempo, de desarticularlo desde el corazón de la organización generando una corriente de cuestionamiento a su estilo de dirección, la ausencia de una gestión verdaderamente institucional, su genuflexión frente al PLD, incapacidad de celebrar eventos democráticos y distanciamiento de los sectores populares. Así se abrieron las compuertas de un perredeismo con una “M” que los distinguiera del histórico partido, pero en realidad el PRM es el receptor por excelencia de todos los legítimamente indignados por el asalto y degradación de 81 años de esfuerzos, sacrificios, represión, persecución y luchas por la libertad y justicia social que le dieron vida y significado al partido de José Francisco Peña Gómez.

Los previsibles resultados electorales en lo municipal del partido blanco representan el primer golpe de inteligencia electoral que se concretizará con la escasa votación en mayo 17 porque las elecciones no sólo pondrán de manifiesto el interés por impulsar un cambio, sino la urgencia de radiar del espectro político al club de filibusteros que trafican, degradan y hacen de las organizaciones pieza de escarnio. Resistiendo por años, se perciben las señales para derrotar al PLD y las artimañas empleadas para preservar a Vargas Maldonado como carta útil y caricatura de una fuerza aliada que, adquiere la condición de obra efectivamente ejecutada, si los “resultados” en votos se tornan tan insignificantes que llenen de vergüenza a los que acompañaron en toda la etapa de desmoronamiento de una fuerza electoral asaltada por la villanía y los comportamientos truculentos.

Como nadie en su sano juicio se aproxima a la gestión institucional del PRD por las destrezas intelectuales, oratoria, apego a principios éticos, lo práctico es que desvencijado en las urnas, no tendrá ningún tipo de vigencia su “principal dirigente” y sus áulicos encontrarán los horizontes que su sentido de oportunismo determine, siempre y cuando logren conectarlos a la nómina pública. De ahí, una distinción claramente establecida en la sociedad respecto de la útil y provechosa postura de desmantelamiento de todo lo asociado a Miguel Vargas Maldonado como expresión partidaria se reputa en un acto de compensación histórica al terrible error del 2007 de colocarlo en la ruta de un éxito convencional interno frente a un referente de servicio y decencia: Milagros Ortiz Bosch.

En política los errores tienen un alto precio. Y Miguel Vargas ha sido un error devastador para la historia del PRD y sus valores democráticos. Afortunadamente, queda poco para su entierro político.
¡Teníamos que reducirlo hasta el final!

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