Reportaje

Las torturas en un reformatorio juvenil en EEUU lo convirtieron en «un monstruo»

Jerry Cooper vivió la tortura y la crueldad que fueron la norma en una escuela del norte de Florida a lo largo del siglo pasado. Dice que salió de allí convertido en «un monstruo». Después de casi 60 años, las disculpas no le bastan.

“Yo era un niño cuando entré, pero ya no era un niño al salir. Era un monstruo”, recuerda hoy, a sus 74 años. “La violencia genera violencia. Y vaya que lo sabíamos. Violencia total, 24 horas al día. Mental, sexual y física”.

Todavía tiene secuelas. “Tengo muy mal temperamento”, dice. “Pero tomo medicación para eso”.
La Florida School of Boys, apodada Dozier, era un reformatorio juvenil para varones que se extendía por más de 500 hectáreas en Marianna, al noroeste de Florida, la misma región azotada por el huracán Michael en octubre pasado.

No es coincidencia. Los trabajos de limpieza de los destrozos del huracán precipitaron el hallazgo de 27 “anomalías” que podrían ser restos humanos en los terrenos de la escuela, según reveló el Tampa Bay Times el 11 de abril.

Helen Ferré, portavoz del gobernador de Florida, Ron DeSantis, dijo a la AFP que el terreno aún no ha sido tocado porque las partes concernidas están sosteniendo reuniones con agencias estatales para avanzar en la exploración de estas posibles tumbas.

Por ahora, “el equipo que trabajó previamente en la propiedad está preparándose para revisar esta nueva zona”, dijo Ferré.

Se refiere a los antropólogos de la Universidad del Sur de Florida (USF) que descubrieron los restos de 55 tumbas sin nombre en los terrenos de la escuela. La investigación de cuatro años terminó en abril de 2016.

«135 latigazos»

Si la nueva pesquisa confirma que las “anomalías” son en efecto más tumbas, Cooper no se sorprendería.

Una madrugada de 1961, cuando él tenía 16 años, los guardias lo sacaron de su habitación y le dieron 135 latigazos con una correa de cuero. Cooper veía salpicar su sangre en las paredes.
“De ese color”, dice, señalando la camiseta roja de uno de los reporteros de AFP. “Así estaba yo a las dos de la mañana, desde mi espalda hasta mis rodillas. Fue así de malo. Así de malo”.

“Nunca lo voy a superar”, niega con la cabeza.

Hoy Cooper vive con su esposa en un vecindario para la tercera edad en Fort Myers, en el suroeste de Florida. Pero no se traslada en un carrito de golf como los demás, sino en una motocicleta de tres ruedas con la que sueña con viajar a Canadá con su perro Blue.

“No creía que algo así pudiera pasar en el Estados Unidos moderno”, comenta.

Un dije de oro de un águila americana, emblema del país, brilla en su cuello.

Según los testimonios, la crueldad en este reformatorio, que funcionó de 1900 a 2011, era rutinaria hasta entrados los años 1960.

Durante el siglo pasado, “te enviaré a Marianna” era una amenaza que se le decía a los niños de Florida para aterrorizarlos.

Pero no eran cuentos. Muchos relatan haber vivido ese horror. Algunos no lo sobrevivieron.

«0000Los muchachos de la casa blanca»

Según un reporte de 2012 de la USF, los niños eran enviados allí por robo y asesinato, pero además por ofensas menores como “incorregibilidad”, “ausentismo escolar” o “dependencia”.

También si eran huérfanos, a quienes las autoridades no sabían dónde ubicar.

“Tan pronto como en 1901, comenzaron a surgir reportajes de niños encadenados a las paredes, latigazos brutales y esclavitud”, escribieron los investigadores.

En 2008, sobrevivientes de Dozier formaron la agrupación “White House Boys” para forzar al estado a reconocer su papel en la tortura de los niños.

El nombre del grupo evoca la “casa blanca” donde los guardias llevaban a los niños para azotarlos con una correa de cuero.

Hoy son todos hombres en torno a los 70 años. Según Cooper, que hoy preside WHB, quedan cerca de 300. Muchos de ellos son “rebeldes” o “criminales”, dice.

“¿Qué más podría haber pasado?” Se encoge de hombros.

En abril de 2017, el estado de Florida se disculpó formalmente con ellos, pero las víctimas no han sido reparadas y nadie fue procesado judicialmente.

Ahora, el estado trabajará para dar un cierre “a las víctimas, a sus familias y a todos los que fueron impactados”, prometió Ferré.

Pero Cooper está impaciente porque pasan los años y cada vez quedan menos sobrevivientes. La investigación anterior tomó cuatro años y él dice que muchos de ellos no tienen tanto tiempo.
“Si no estamos nosotros, esos muchachos que están sin identificar no tienen a nadie”. AP

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