Opinión

La rabia de los «pasivos»

Por: Guido Gómez Mazara

Históricamente, la jurisdicción del reclamo ciudadano tiene en los sectores populares la fuente por excelencia de expresión. Tanto en el ámbito de los derechos humanos, las políticas económicas excluyentes, reformas sociales y degradación de la institucionalidad democrática, todo el continente encontró espacios de disidencia contra un orden social que preserva las ventajas de siempre y se ejerce con la complicidad de las élites políticas.

En el balance de las conquistas en el orden de las libertades públicas, las cuotas y aportes de los sectores populares sirvieron para la toma de conciencia del espectro ciudadano que, sin importar clase social ni orientación ideológica, entendieron la inviabilidad de métodos impropios de la civilización, y franjas “no afectadas” por los excesos desde el poder, terminaron sumándose a las voces que reclamaban un cambio. Todo el proceso de guerra fría hizo de las calles el espacio vital del reclamo y las organizaciones partidarias servían de correa de transmisión de los atropellos, aunque electoralmente se beneficiaron, pero el éxito obligó al compromiso democrático que garantizaría gobiernos tolerantes y respetuosos de los derechos ciudadanos.

Despejada la carga ideológica en la escena ciudadana se preservó el ejercicio cuestionador por nuevas vías que reclamaron derechos esenciales y reaccionaron con bastante energía en áreas como inclusión, medio-ambiente y/ violencia intrafamiliar, provocando la incorporación de actores no tradicionales al reclamo y sedientos de abrazar causas novedosas en capacidad de incluirlos sin la prejuiciosa identidad partidaria. Así se preservó la calle como escenario, artistas e intelectuales serian los nuevos exponentes de causas redentoras y la “gente pasiva” alcanzaría el protagonismo alrededor de anhelos y aspiraciones, no necesariamente asociadas a su oficio principal.

De ahí, la lectura singular que unifica voces inconformes en los salones de UNIBE, club Naco, la jerarquía católica, sectores como Cacicazgos, Evaristo Morales y Piantinni, a ritmo de cacerolas y palabras subidas de tono mostrando su cuestionamiento a la actual situación del país.

Puede que el momento electoral ambiente las modalidades de “ira” cívica que no están siendo interpretadas correctamente por la clase política. Ahora, los dardos recaerán sobre las propuestas del partido de gobierno y la oposición será receptora de la inconformidad: el 15 de marzo y 17 de mayo lo confirmarán. Lo que invito es a interpretar la salida a escena de la “gente pasiva” que en el supermercado, los salones de bellezas, centros comerciales y universidades privadas, encontró mecanismos para poner de manifiesto el grado de inconformidad con las políticas públicas y la desfachatez de la clase dirigencial.

La lección al PLD es clara porque por casi veinte años entendieron que la fascinación por las formas impedían reclamar, molestarse y observar la falta de contenido en su visión de la sociedad. Cuando el tinglado comunicacional que transformó al rufianismo periodístico en potentados, a golpe del presupuesto nacional, se “asumió” como bandera defensiva y espacio vital en capacidad de desvirtuarlo todo haciendo imposible una reacción de inconformidad ciudadana, inobservaron las vías alternativas de acceso a información privilegiada. Y el grave error ha sido creer que los “otros” no saben ni dan cuentan.

No se dieron cuenta que la fuerza social que se acomodó a su expresión partidaria desde el año 1996 se caracterizó por una mayor prudencia. Y la “gente política y socialmente pasiva” se sintió invadida porque aquellos muchachos de predica exquisita y fascinación por las canciones de Silvio Rodríguez y los poemas de Neruda, ya juegan golf, conocen de vinos costosos, adquirieron casas de veraneo, poseen fortunas incalculables y se hicieron empresarios “exitosos”.

Consiguieron lo inimaginable, la rabia de la gente “pasiva”. ¡Excelente!

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