Opinión

La minificción

Por: Efraim Castillo

Cuál es la extensión que debe albergar un cuento? ¿Seis, veintinueve, diez mil palabras? Y me formulo estas preguntas porque seis palabras apenas alcanzan media línea de una cuartilla; veintinueve escasamente llegan a ocupar un párrafo; mientras que diez mil llenarían alrededor de treinta. Entonces, ¿podría escribirse un cuento en el espacio que comprende media línea de una cuartilla, la décima parte de ésta o completar una extensión de treinta?.

Pero sería bueno registrar qué define al cuento: ¿es su brevedad o su extensión? Las definiciones enuncian que el cuento es el relato de un acontecimiento, real o imaginario, que expresa un fin determinado (educar, divertir, etc.), independizándose de la fábula en virtud de que ésta tiene como desenlace mostrar una enseñanza que subyace en la médula de la alegoría. Definición similar tiene el apólogo, aunque muchos se empeñan en presentarlos como diferentes.

Hago énfasis en el número de las palabras involucradas en el relato, porque los Cuentos cortos con pantalones largos (1981), de Manuel del Cabral, y Cincuenta cuentos cortísimos y una ñapa (2010), de Sélvido Candelaria, se asientan en lo que se ha convertido en un nuevo género narratológico, la minificción, que tuvo como precursores a Rubén Darío en Nicaragua, Macedonio Fernández en Argentina; Alfonso Castro, Efe Gómez y Luis Vidales en Colombia; Franz Kafka en Checoeslovaquia, Julio Torri en México, Gómez de la Serna en España, Vicente Huidobro en Chile, y Bertolt Brecht en Alemania, hasta alcanzar una plataforma minimalista con la publicación de la antología Cuentos breves y extraordinarios, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en 1953, seguida por los minicuentos de Cortázar, Marco Denevi, Monterroso y Juan José Arreola, que con su Confabulario total (1941-1961), en 1962, aparentemente otorga el pasaporte de independencia a un género que establece —no obstante su síntesis expositiva— una estrecha relación entre la historia narrada y la percepción que debe decodificar el lector u oidor.

Por ejemplo, minicuentos precursores como los de Franz Kafka (El puente y Preocupaciones de un padre de familia) fueron creados con 200 y 482 palabras; los de Rubén Darío (Aguafuerte y Acuarela) con 243 y 415; los de Julio Torri (El novelista y A Circe), con 158 y 67; los de Macedonio Fernández (Un paciente en disminución y Tres cocineros y un huevo frito), con 93 y 238; los de Bertolt Bretch (El animal favorito del Señor K. y Si los tiburones fueran personas), con 22 y 440; los de Jorge Luis Borges (Diálogo sobre un diálogo y La trama), con 137 y 122; los de Julio Cortázar (Historia verídica y La conversión de los recuerdos) con 137 y 154; los de Gómez de la Serna (La cleptómana y Ese soy yo) con 114 y 62; hasta alcanzar la economía total con los cuentos minimalistas de Augusto Monterroso (El dinosaurio y La tortuga y Aquiles), con 7 y 52; y Juan José Arreola (Topos y Cuento de horror), con 130 y 16.

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