Opinión

Duarte inmortal

El pasado día 26 de enero del corriente año 2019, se cumplieron 206 años del nacimiento del ideólogo y fundador más eximio de la nación dominicana, el más leal e impoluto de los dominicanos, el moralista de la mejor estirpe del parnaso histórico de la república, el humanista de genuina raigambre cristiana que nació en 1813, Juan Pablo Duarte y Diez.

La virtualidad de este padre e hijo benemérito de la patria, refrenda la doctrina de la inexistencia de grandeza terrenal sin grandeza espiritual, virtud sinérgica de la que adolecieron muchos de nuestros héroes nacionales y razón esencial por la que ningún historiador con concepciones de hegemonía terrenal, podrá bajar a Duarte de su proscenio patriarcal.

No hay análisis que reniegue que Duarte fue el más desinteresado y desprendido de nuestros héroes, el apóstol de fe infinita en los valores, las creencias, las costumbres, los sentimientos, la cultura y los fueros libertarios del pueblo dominicano.

El patriota inmaculado que sembró la semilla fecunda que germinó en la conciencia de sus coterráneos, prohijando la obra cumbre de la historia nacional, la fundación de la nación dominicana el 27 de febrero de 1844.

Juan Pablo Duarte nació sin fecha para morir en la conciencia histórica del pueblo dominicano, erigiéndose en una razón congénita que representa una relación filosófica existencial entre él y la patria dominicana, unidos en el designio de vivir o morir juntos, razón excelsa que condena a la conjura actual contra la nación a “asesinar” a Duarte en lo etéreo para que muera la patria en lo terreno.
El calendario de efemérides patrias lo honra con la declaración del mes de la patria que inicia el 26 de enero de cada año, y concluye el 27 de febrero, día de la independencia de la república.

Desafortunadamente a la llegada de un nuevo aniversario de nacimiento de nuestro más ilustre padre de la patria, la nación que él soñara con prístina conciencia moral y lealtad impecable a sus fueros soberanos, se desangra en la violencia social fratricida, la corrupción generalizada, la impunidad más execrable, la degradación moral anticristiana, el más obsceno estado de desigualdades y el atentado más abominable contra la soberanía nacional, representado por la consentida invasión pacífica de las mismas hordas haitianas de las que nos liberamos en 1844, alumbrados intensamente con el preclaro pensamiento de Juan Pablo Duarte.

¡Qué grande es Duarte! Los puñales aleves de la traición son repelidos por su luz desde hace más de dos siglos.

Hoy no sabemos los dominicanos de sentimientos patrios, si celebramos o lloramos en el día del nacimiento del padre de la patria dominicana. Pero con pesar o regocijo, seguiremos gritando a todo pulmón ante el mundo, hoy y siempre, inspirados en la doctrina cristiana: ¡Loor a la memoria histórica imperecedera del mil veces insigne Juan Pablo Duarte!

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